| Epílogo | |
Esa mañana el señor Maslow estaba realmente feliz. Una sensación de placidez le transportaba a su infancia en la granja de su padre en Kansas. Su mirada cuando nos entregaban el premio al espíritu de la regata le había hecho olvidar el casco de su velero agujereado. Su mirada y esa sonrisa luminosa le habían transportado a otro lugar.
A un lugar en el que su hermano Henry y él ayudaban a su padre en el duro trabajo de la recogida del sésamo. El trabajo era muy duro, sobre todo porque, en palabras de su propio padre, acompañamos al sol en su jornada laboral, desde que sale hasta que se pone.
Una mañana Henry y J. R. estaban mirando la pequeña montaña de sésamo del silo, mientras la comparaban con la inmensa montaña de trigo ...
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